La sociedad invitada a marcharse de la televisión tradicional

 La sociedad invitada a marcharse de la televisión tradicional


La mirada joven siempre ha sido la base del éxito televisivo. En cambio, no hay demasiado rastro de tal cosa en la televisión de hoy. Como mucho, hay físicos que se resisten a envejecer. Y acaban despojando a su piel del carisma de la expresividad.

Pero la tele ha ido interiorizando que, como su audiencia más fiel es mayor de sesenta años, hay que realizar programas al gusto de personas mayores.  El problema es que piensan que las personas mayores de hoy son los abuelos de 2001 y se intentan reproducir tópicos de la tele de antaño. Cuando esas gentes ya no se encuentran entre nosotros.

Ese cliché, que suele tratar con condescendencia a la audiencia más veterana, frena la creatividad. La televisión se ha vuelto tremendamente conservadora en sus decisiones y, como consecuencia, existe una pérdida incesante de espectadores. Se marchan hacia otros lugares, pues ya no se sienten reconocidos en la tele con la que crecieron. Ni los pequeños ni los jóvenes ni los cuarentones ni los más adultos.

Encima el público se siente poco valorado. No se siente representado en pantalla y tampoco han ayudado nada los mareos de programación. Si es la temporada final de Cuéntame cómo pasó, pues se coloca otra serie enfrente… Cristo y Rey. Resultado: pierden todos. Porque ambas ficciones comparten perfil de espectadores. Si se anuncia con tiempo que Gran Hermano vuelve a los jueves, se sitúa delante MasterChef Celebrity. Resultado: pierden todos. Una parte de la audiencia de GH hubiera visto MasterChef, creciendo a casi el 20 por ciento de cuota.

Esta trifulca de fuego amigo entre canales también copia dinámicas de aquellos años 2000. Pero estamos en 2023. Es un error plantear la batalla entre cadenas a la antigua, ya que el verdadero competidor de las teles lineales, ahora, es en la multipantalla de plataformas y aplicaciones. La 1, Antena 3 y Telecinco deberían hacer piña contra la atención más dispersa de la sociedad poniendo orden, coherencia y complementariedad desde sus veteranas cadenas. Y, así, crear espacios seguros de reputación en las frecuencias con las que hemos crecido.  Aunque cueste al principio. 

Pero, entre tanta alboroto, el espectador no se fía, se siente mareado y termina olvidándose de las citas de programación de la tele tradicional. De hecho, es fácil observar cómo el prime time cada vez más suma menos número de seguidores. Es difícil acordarse qué emiten cada día en cada canal con tanto cambio y con tanta fragmentación de oferta. No obstante, la televisión de siempre sigue manteniendo su mayor invento: el portentoso zapping, que te permite encontrarte buenos contenidos sin necesidad de esforzarte en buscar qué ver. 

Los canales españoles continúan atesorando el maravilloso potencial de un escaparate que, bien iluminado, organiza programas y estrenos, mientras nos acompaña y nos conecta al mundo en directo. El contratiempo surge cuando la creatividad que rompe con lo preestablecido se paraliza por parte de las cadenas porque se teme que la envejecida audiencia no lo entienda. Entonces, la tele convencional se queda atrapada en una repetitiva y aburrida inercia. Ha perdido la magia de su teatralidad que lograba eventos únicos, va extraviando su capacidad de tomar el pulso a su tiempo.

La tele no es una fábrica en cadena de tornillos, la tele necesita alimentar la intuición que está atenta a lo nuevo a la vez que aprende de dónde viene. Y, en este sentido, no se puede perder de vista que la mirada joven es transversal a todas las edades. La mirada joven cimentó el éxito por igual de La bola de cristal que de Las chicas de oro. La mirada joven despierta la curiosidad más entusiasta que es el origen de cualquier género televisivo. Porque la ilusión del descubrimiento es el origen de las motivaciones de la propia vida. Hasta el último día.



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